La tutoría en la universidad. ¿ Es posible obligar a los estudiantes a tener éxito ?Isabelle Borras (Centre de recherche en économie de Grenoble (CREG), centro asociado regional del Céreq para la región Rhône-Alpes). Calificaciones y empleo, n° 82, 2012. Télécharger la publication.
El sistema de tutoría resulta poco atractivo para los estudiantes, especialmente para los más frágiles. Es verdad que siempre es posible mejorar su organización y su calidad. Pero, ante todo, es necesario abordar la cuestión de a quién está dirigida, y su carácter facultativo. No obstante, aunque esté orientada a un público determinado y sea obligatoria, la tutoría por sí sola no constituye una panacea. Otras posibilidades de ayuda para alcanzar el éxito deben ser exploradas.
Es difícil para el sistema de tutoría cumplir con sus objetivos dentro de la universidad: hacer que la pedagogía universitaria evolucione para responder a la creciente heterogeneidad cultural y social de públicos estudiantiles cada vez más numerosos, y reducir el índice de fracaso durante el primer año ofreciendo apoyo de manera prioritaria a aquellos «que más lo necesiten». Desde 2008, la tutoría constituye uno de los dispositivos de acompañamiento personalizado y apoyo a los estudiantes del plan de «licenciatura exitosa», que a partir de entonces está articulado con el sistema de «profesor-referente». Según el balance efectuado en 2010, «la tutoría pedagógica o tutoría de acompañamiento es generalmente brindada por profesores o por estudiantes avanzados. Este dispositivo, destinado a ayudar al estudiante en su trabajo disciplinario, es ampliamente utilizado por las universidades» (MESR, 17/12/2010). El sistema de tutoría ha sido refrendado por el artículo 8 del nuevo decreto «licenciatura» del 1° de agosto de 2011.
Como vemos, el interés por el sistema de tutoría ha sido reafirmado al ritmo de las reformas del primer ciclo universitario, a pesar de que su seguimiento y su evaluación siguen siendo incompletos, como recuerda un informe de la inspección general de la administración de la Educación nacional y la Investigación (IGAENR) de 2010. Es de conocimiento público que la tutoría pedagógica se enfrenta desde siempre a un gran obstáculo: la escasa participación de los estudiantes, especialmente de aquellos que tienen mayores dificultades, aunque es difícil cuantificar el fenómeno. Es por lo tanto urgente conocer mejor este dispositivo. ¿Cumple con sus propósitos? ¿Quiénes son los estudiantes «que más lo necesitan» o, mejor dicho, cómo eligen las universidades a esos estudiantes? ¿Por qué la tutoría tienen tan poco éxito? ¿Cuán útil la consideran sus beneficiarios?
La oferta de tutoría universitaria es evaluada en este artículo a través de una entrada original: el no- recurso a los derechos y a los servicios. Este enfoque ha sido implementado a partir de una encuesta en línea llevada a cabo entre los estudiantes de L1 y sus tutores en dos universidades (ver recuadro 1). El procedimiento consistió en comparar tres poblaciones de estudiantes: los que rechazaron la oferta de tutoría propuesta, los que la aceptaron, y los que la abandonaron en el camino. Pero las elecciones con respecto a la tutoría universitaria no responden solamente al libre arbitrio de los estudiantes, sino también, en parte, al contexto.
Un marco nacional flexible e impreciso

La tutoría se inscribe entonces en el marco general de reformas del primer ciclo universitario llevadas a cabo por el ministerio (cf. recuadro 2). Este marco es muy flexible y permite interpretaciones locales, una implementación muy descentralizada, una gran variedad de prácticas tanto en el contenido como en la organización, y también en la elección de los públicos y las modalidades utilizadas para movilizarlos. Sin embargo, los textos que organizan la tutoría a nivel nacional son imprecisos en lo que se refiere a qué estudiantes está dirigido el dispositivo: «La tutoría debe beneficiar a todos los estudiantes de primer año del primer ciclo que lo deseen. El establecimiento difunde el dispositivo y lo propone a los estudiantes que más lo necesitan». Para el legislador, la cuestión de a quién está dirigido el dispositivo no está por lo tanto resuelta. Son los establecimientos los que deben realizar sus propias elecciones, con el fin de proponerlo prioritariamente a los estudiantes con dificultades «de forma que sea coherente con sus políticas pedagógicas». En los hechos, esas elecciones se realizan al nivel de los componentes, que exploran todas las variantes. El dispositivo es casi siempre facultativo, excepto por algunas pocas tentativas para volverlo obligatorio donde de todas maneras no se sancionan las ausencias. Está también más o menos orientado hacia públicos que se considera que podrían utilizarlo, según diversas modalidades de detección (exámenes de entrada, entrevistas, utilización de información de los archivos administrativos, control continuo...).
Los rechazos: falta de necesidad y defectos de organización del dispositivo
De los 400 estudiantes que respondieron a la encuesta, casi una tercera parte rechazó la propuesta, invocando como razón principal el no haber experimentado la necesidad de utilizarlo. Comparados con aquellos que sí lo aceptaron, estos rechazos afectan en mayor medida a varones cuyo perfil durante los estudios secundarios era mejor que el de los demás, y que habían repetido menos cursos que otros. Estos estudiantes parecen estar más al tanto de las exigencias universitarias en cuanto al esfuerzo individual. Piensan más a menudo que los otros que el número de horas que dedican al trabajo personal es suficiente para tener éxito. Finalmente, se diferencian también de los demás por la valoración subjetiva de los factores de éxito. Para ellos, la «motivación» ocupa el primer lugar, antes que el «trabajo personal» y las «capacidades individuales». Conjugan entonces una fuerte motivación y un dominio de los tiempos de trabajo necesarios para tener éxito, componente central del «oficio» de estudiante.
Pero rechazar la tutoría depende también de causas más prácticas: oferta demasiado precoz e impersonal o información insuficiente. En primer lugar, la tutoría se ofrece en general en septiembre u octubre, al comienzo del año universitario. Los rechazos están muy ligados a dicha precocidad: 61% de las ofertas rechazadas corresponden a proposiciones hechas en septiembre. Es necesario entonces pensar bien en qué momento se ofrecerá el dispositivo: ni demasiado temprano, para que los estudiantes puedan evaluar su conveniencia a la luz de sus primeras experiencias universitarias, ni demasiado tarde, para que siga siendo útil. Por otra parte, la oferta se hace generalmente de manera impersonal y colectiva: durante un curso y/o a través de un anuncio fijado en la cartelera.
En escasas oportunidades se presenta de manera individual durante una entrevista, lo que nos lleva a interrogarnos sobre la pertinencia de las formas utilizadas ya que es sabido que la propuesta de tutoría puede ser percibida por los estudiantes como una desvalorización. Alrededor del 40% de los estudiantes interrogados piensan que, al menos en parte, la tutoría es estigmatizante. Además, podría mejorarse la información que se suministra a los estudiantes: entre los que aceptaron la tutoría, a uno de cada cuatro no se le explicó la finalidad de la misma y dos de cada diez no saben cuál es la cantidad de sesiones propuestas. Esta falta de información es todavía mayor en lo que respecta a los estudiantes que abandonaron la tutoría.
Los que abandonan: cuestionamiento de la calidad

El 15% de los estudiantes de la encuesta abandonaron luego de algunas sesiones. La mayoría de ellos pensaban «poder progresar sin tutoría» y «no se arrepienten de su elección». Algunos abandonaron aunque pensaban «no poder progresar sin tutoría». Las principales razones del abandono son «el contenido, que no les gustó» porque «no era interesante» ni «motivador», «no estaba lo suficientemente personalizado» y porque «el tutor no les gustaba». Es pues la calidad de la tutoría la que es cuestionada.
Otro factor, la precariedad estudiantil, influye sobre el riesgo de abandono. Un análisis específico de la
encuesta permitió clasificar a los 400 estudiantes según un indicador de precariedad calculado a partir de varias variables («tener una beca», «tener problemas de salud», «no tener suficiente para comer», «padecer soledad», «renunciar a la atención médica»...). Uno de los resultados obtenidos es que los estudiantes en situación de gran precariedad abandonan con más frecuencia la tutoría a pesar de necesitar más de ese tipo de ayuda que los no-precarios.
La tutoría alcanza su poblaciónobjetivo y la desborda, incluyendo estudiantes promedio

Alrededor de la mitad de los estudiantes interrogados aceptaron la tutoría y asistieron a la mayoría de las sesiones. Uno de cada cuatro de ellos la aceptó aunque no creía necesitarla. La tutoría alcanza entonces su objetivo, pero a la vez excede sus límites, ya que implica a estudiantes que hubieran podido evitarla. Estos estudiantes, o bien no han podido escoger ya que el dispositivo era obligatorio, o bien son estudiosos y receptivos a cualquier propuesta que la universidad les haga. La tutoría ha respondido globalmente a las expectativas de los estudiantes que la aceptaron, principalmente en lo que respecta a los «métodos de trabajo» y a la «comprensión de los cursos», pero también en cuanto a la «frecuencia de trabajo», la «confianza», y la «cantidad de trabajo». Sin embargo, a pesar de esta valoración positiva sobre su utilidad, en las representaciones de los jóvenes no es tan evidente que la tutoría influya en el éxito obtenido. Ciertamente, una mayoría piensa que la tutoría ha mejorado su legajo escolar: 6 de cada 10 declaran que «la tutoría les ha permitido tener mejores notas». Pero sólo una minoría estima que la tutoría ha contribuido realmente al éxito: sólo 2 de cada 10 declaran que los ha ayudado a «aprobar el semestre» (cf. gráfico 1). La relación entre tutoría y éxito que los estudiantes perciben es por lo tanto ambigua.
Tal como está implementada hoy en día, y especialmente cuando está abierta a todos y basada en el voluntariado, la tutoría se ofrece a estudiantes que piensan que no la necesitan, opinión que confirman sus trayectos escolares. Es verdad que alcanza también, parcialmente, a su población objetivo -los dos de cada diez estudiantes que piensan que les ha ayudado a aprobar el semestrepero la desborda ampliamente, ya que la utilizan también los estudiantes promedio o estudiosos.
Finalmente, una parte de los estudiantes en riesgo, difícil de medir, elude el dispositivo, como sugiere el hecho de que lo abandonen estudiantes que no pensaban poder prescindir de él.
Los tutores interrogados confirman estos análisis (cf. recuadro 3). También para ellos, la tutoría alcanza a estudiantes promedio y solamente «recupera» a algunos estudiantes perdidos y motivados. Deja de lado a numerosos estudiantes en dificultades debido a una razón esencial: es facultativo. Pero las opiniones divergen en lo que se refiere a la pertinencia de una tutoría obligatoria. Para muchos, imponer la tutoría sería una fuente de desmotivación, de ineficacia del dispositivo y perjudicaría además el ambiente de la clase. Otros, al contrario, ven en la obligatoriedad una solución para que la tutoría sirva a aquellos que más la necesitan.
¿Se puede forzar a los estudiantes a tener éxito mediante una tutoría impuesta? Hacia una tutoría dirigida a un público-objetivo... ¿e impuesta?

Esta encuesta desemboca en sugerencias prácticas que sirven para que los estudiantes que más la necesiten frecuenten con mayor asiduidad la tutoría. Las universidades ya han tomado conciencia de las acciones a llevar a cabo: comunicar mejor sobre el dispositivo, su organización y su contenido; brindar información menos impersonal, reflexionar sobre el calendario, mejorar el contenido de las sesiones para volverlas más motivadoras y personalizadas, formar tutores, poner a disposición de los docentes soportes pedagógicos, elegir franjas horarias...
Todos estos aspectos son medidas que se toman al margen. La encuesta desemboca también en una necesidad de discutir el marco nacional. Es posible que la tutoría tenga dificultades en encontrar su orientación porque la cuestión de a quién está dirigida no ha sido aún verdaderamente resuelta, ya que los textos que la rigen dejan la tutoría metodológica y disciplinaria abierta a todos. Es posible también y sobre todo, que esas dificultades existan porque la tutoría es en general facultativa y está basada en el voluntariado. Las reflexiones sobre la reforma de la licenciatura han marcado una inflexión al preconizar una tutoría dirigida a un público-objetivo, como en el informe Raby de abril de 2011. Una de las ventajas es concentrar los recursos sobre públicos que estén en riesgo de fracasar. Pero esto genera nuevas cuestiones. ¿Qué instrumentos de detección y qué indicadores hay que privilegiar?
¿Cómo minimizar la estigmatización? ¿Los instrumentos deben ser armonizados a nivel nacional o deben ser elaborados localmente por las universidades, garantizando en el primer caso un tratamiento igualitario de los estudiantes y permitiendo en el otro una adaptación de la oferta pedagógica a los diferentes públicos? Pero en todos los casos, ¿una tutoría, aún dirigida a un público-objetivo podrá hacer que los estudiantes la frecuenten con más asiduidad si sigue siendo facultativa? Las posibilidades de que esto ocurra son mínimas.
Cualesquiera sean los caminos que se exploren, la tutoría no puede aportar por sí sola todas las respuestas al problema del fracaso estudiantil durante el primer año. Otras vías merecerían ser estudiadas, como los trayectos preparados especialmente para los estudiantes que tienen lagunas demasiado importantes que llenar, o un aumento de la dedicación de los docentes implicados en el seguimiento de los estudiantes. Esta vía, de hecho, ya ha sido abierta por el sistema de los profesoresreferentes.